El libro de Proverbios es increíble, uno podría leerlo repetidas veces y aún así tendría cosas que aprender de él. Entre las muchas enseñanzas y los variados consejos, hay algunos de estos que se dirigen hacia el lado que podríamos llamar "económico" o "administrativo" del cristiano. En el capítulo 21 encontramos varios de ese estilo.
"Hombre necesitado será el que ama el deleite,
Y el que ama el vino y los ungüentos no se enriquecerá."
- Proverbios 21:17
Si yo hiciera una encuesta preguntando: ¿Te gustaría ser un hombre necesitado? Seguramente obtendría 100% de respuestas negativas. Nadie en esta vida quiere pasar necesidad. Sin embargo, si esa encuesta dijera ¿Amas algún deleite? creo que de igual manera tendría 100% de gente mencionando distintos deleites que le gustan. Ni hablemos de los ungüentos (aquí podrían entrar tanto cremas, como aceites o perfumes) o los vinos, en los cuales muchas personas son expertos hoy en día.
El Proverbio brilla por su claridad. No podemos vivir amando los deleites y al mismo tiempo enriquecernos. No digo acá que debamos buscar las riquezas de este mundo, Dios me libre de eso, sino que buscamos ser buenos administradores de las cosas que Dios nos da, y el dinero es una de ellas.
Acá se introduce un pensamiento frustrante, si yo trabajo para ganar el dinero ¿no puedo gastarlo en cosas que me gusten? ¡Claro que sí! Y es Proverbios mismo quien demuestra eso.
"Tesoro precioso y aceite hay en la casa del sabio;
Mas el hombre insensato todo lo disipa."
- Proverbios 21:20
Pareciera que estos proverbios se contradicen ¿no? Para nada, sino que se complementan. En el primer versículo vemos que lo que llevaba a la necesidad era el amor a los deleites. Uno puede (y debe) disfrutar del fruto de su trabajo. Uno puede emplear el fruto de su esfuerzo en comprar algo que le sea de su particular interés; pero uno no debe, bajo ningún concepto, poner el corazón en esas cosas.
El sabio puede ahorrar su dinero, ver su necesidad alejarse de él más y más, y aún así disfrutar ciertos deleites. Por otra parte el hombre que pone su corazón en los placeres de este mundo es un insensato y disipa aun sus propios bienes. No hay palabra más clara aquí que disipar porque eso significa que el insensato hace desaparecer su dinero y el fruto de su trabajo de manera gradual, progresiva, tanto que no puede evitarlo, como si se tratara de humo que poco a poco va desapareciendo hasta no quedar rastro.
Un consejo más que Proverbios 21 nos da es el de ser diligentes y no apresurarnos.
"Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia;
Mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza."
- Proverbios 21:5
El apurado o impaciente, que no puede esperar a ver cómo las cosas se desarrollan, no puede tampoco esperar a juntar el dinero para comprar algo que desea. No puede hacer planes para ahorrar su dinero y obtener algo que anhela, sino que por apurarse, usa de otros medios como los créditos o préstamos y termina pagando el doble o el triple del precio de un bien, solo por no poder esperar.
En esto tenemos que ser sensatos, nadie nos regala nada, y cuando alguien te ofrece un préstamo, por lo general vas a salir perdiendo, de otra manera el prestamista no gana. Y como saben que los apresurados no pueden esperar a tener una u otra cosa, te ofrecen repetidas veces préstamos e incluso juegan con la urgencia y escasez para engañar.
En fin, en medio de un mundo que vive de apariencias y de amar las cosas terrenales antes que a Dios, el cristiano debe imitar las conductas necesarias para no avanzar hacia la pobreza y la necesidad. Estas son: diligencia, paciencia y sabiduría.
Diligencia, que nos ayude a esforzarnos para obtener los recursos que necesitamos, tal y como hace una hormiga. Paciencia, para no apresurarnos con una compra que realmente puede esperar y evitar caer en préstamos. Y Sabiduría para emplear el tiempo y los recursos de una manera digna de Dios.