En el artículo anterior habíamos visto acerca de la vida de Ana y cómo ella en su dolor buscó refugiarse en Dios. Viendo eso podíamos relacionarlo a nuestras vidas y fortalecernos en el dolor al confiar en Dios y orar a Él.
Podríamos sin embargo objetar que el caso de Ana no se parece al de muchos de nosotros. Ana estaba triste porque no tenía hijos, pero nosotros tenemos otro tipo de problemas, como amigos que nos traicionan o nos abandonan, gente a la que no le caemos bien y nos hacen la vida difícil o incluso tristeza proveniente de temores que tenemos que enfrentar.
En estos casos podríamos decir que la vida de Ana no se parece a la nuestra, pero ¿Y si te dijera que la vida de Jesús sí lo hace? ¿Si te dijera que Jesús siendo el Hijo Perfecto, Dios mismo, pasó por una tristeza muy profunda? Ese es el caso en los versículos a continuación:
"Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo."
- Mateo 26:37-38
¡Ahora sí no tenemos excusa! El mismísimo Jesucristo, Dios en carne, admitió que la tristeza que estaba pasando era mucha, hasta la muerte. Yo sé que muchos de nosotros podemos pasar por tiempos de gran tristeza, yo mismo que escribo confieso haber pasado por momentos de angustia muchas veces. Pero lo mío no era nada comparado a lo que Jesús iba a enfrentar: Uno de sus discípulos lo entregaba a sus enemigos, otro de sus discípulos, Pedro, que había dicho que moriría por Cristo, lo negaría 3 veces, sería escupido, abofeteado, humillado y crucificado. Mental y físicamente es un dolor extremo.
Pero no solamente eso, sino que espiritualmente iba a ser un sufrimiento que nosotros no podríamos ni entender, lo más cercano que podemos decir es que Cristo, quien siempre había sido uno con el Padre, sería desamparado por Él, y que llevaría en la cruz los pecados de la humanidad, siendo totalmente inocente. Es por esto que la Biblia dice:
"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."
- 2 Corintios 5:21
De modo que podemos decir abiertamente que Cristo nos entiende en nuestros dolores. Que la tristeza no le es un sentimiento desconocido. Nunca dejemos que nadie nos diga que el cristiano "no puede estar triste". Sí podemos, pero lo que no debe pasar es que nos hundamos en la depresión, porque eso sí que no lo vemos en nuestro Salvador.
Jesús hizo dos cosas claras: Se apartó junto a tres discípulos a quienes les pidió que oren y Él mismo fue a orar al Padre. Esto debemos imitar si estamos tristes; son cosas bien prácticas. Tengo que tener un amigo o alguien a quien recurrir y que pueda orar por mí. No cualquier persona sino alguien que sea de nuestra confianza. Pero además, como vimos que fue el caso con Ana y lo fue con Jesús, debemos orar y confiar en Dios.
Cristo fue oído en su clamor, Hebreos 5:7 dice que Jesús oró con clamor y lágrimas, y que fue oído por el Padre. Y también vemos en Lucas que cuando Jesús hizo esta oración, un ángel le fortaleció.
"Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle."
- Lucas 22:43
De modo que tenemos que confiar en nuestro gran Dios. No como un Dios alejado de nosotros e indiferente, sino un Dios que amó tanto a su creación que fue capaz de dar a su Hijo en rescate nuestro, aun sabiendo la tristeza a la que el Hijo iba a ser expuesto.
Si alguna vez estamos tristes, angustiados o desanimados, debemos recordar que nuestro gran Salvador padeció tristeza como nosotros, pero Dios lo fortaleció. En el caso de Cristo la oración no le evitó la cruz, y así podría ser que en nuestros casos la oración no nos quite la causa del dolor, pero sí sabemos que no estaremos solos en la angustia. Tenemos un Dios que puede compadecerse de nosotros, habiendo pasado por lo mismo.