El peso del pecado y el gozo del perdón

Cruz con el sol detrás - El perdón de Cristo

Si estás leyendo esto, es altamente probable que seas mi hermano o hermana en Cristo, de modo que sabes cómo ser salvo. Dios nos amó con amor eterno y envió a Su Hijo para morir por nuestros pecados, de manera que los que creemos en Él seamos lavados en Su sangre y seamos llenos del Espíritu Santo. Una vez salvos esperamos la venida de nuestro amado Salvador Jesucristo.

Pero antes de aceptar Su perdón todos reconocemos una cosa inevitable: somos pecadores. En Romanos 6:23 dice que la paga del pecado es la muerte, de modo que es lógico sentirse aterrado, con miedo, y en necesidad de un Salvador.

Algunos lo reconocen antes que otros. Muchas veces nos vemos a nosotros mismos como los "buenos" de la historia, pero la Biblia dice algo distinto, dice que no hay nadie bueno, ni siquiera uno. Entre más pronto reconocemos nuestro problema, más rápido podemos hacer algo al respecto.

¿Qué Hago?

La Biblia nos presenta un principio claro en Proverbios 28:13:

"El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia."
- Proverbios 28:13

Negar nuestros pecados, intentar decir que no eran tan graves, no trae ningún beneficio. Más bien nos perjudica ya que tal como dice la Palabra, no prosperaremos, no nos irá bien.

Es este mismo principio el que vemos que aplica David en su vida. David fue un hombre con un corazón conforme al de Dios. Escribió muchas canciones para Él. Derrotó a un gigante por su fe y confianza en Dios y tenía intenciones de construir un gran templo. Tal era el amor de David por Dios.

Pero como todo hombre, David tenía pasiones pecaminosas y en un punto dado cedió a esos deseos, cometiendo adulterio y asesinato de un hombre inocente. David cargaba con estos pecados en su conciencia y su corazón, pero en un momento dado pudo dejarlos a los pies del Señor, confesándolos y apartándose de ellos.

"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí."
- Salmos 51:1-3

¡Increíble! David está reconociendo la gravedad de su pecado, no está tomándolo a la ligera ni intentando convencer a Dios de que "no era para tanto" ni siquiera intenta explicar sus intenciones. Ten piedad de mí, borra mis rebeliones, lávame más y más, límpiame, yo reconozco mis rebeliones. Vemos que apela a la misericordia de Dios, y busca Su limpieza, concediendo que el pecado es similar a la suciedad y la inmundicia.

Límpiame de mi maldad

Nosotros también tenemos que tomar estas declaraciones y hacerlas nuestras. Quizá no hemos matado a nadie, pero la gravedad y la suciedad de nuestros pecados son iguales a la de cualquier otro pecador. Para estas manchas no existe otra solución que la limpieza que Cristo nos ofrece. A veces intentamos apagar nuestras conciencias y no pensar en el pecado, pero eso no lo hace desaparecer. Otras veces intentamos justificar nuestras acciones apelando a las intenciones, pero eso no quita nuestra culpa. Aún después de todo ese esfuerzo, la mancha del pecado permanece.

Pero Cristo puede limpiarnos, puede tomar nuestros pecados y echarlos al fondo del mar. ¿No es eso mejor? ¿Saber que nuestros pecados han sido perdonados, en vez de intentar ocultarlos?

El gozo del perdón

Una vez que nuestro pecado ha sido perdonado, podemos andar más confiadamente. Podemos andar agradecidos sabiendo que Dios nos ha quitado una carga enorme de encima, que ha pagado por nosotros una deuda impagable. Ese era el sentimiento del mismo David luego de ser perdonado.

"Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño."
- Salmos 32:1-2

Bienaventurado significa feliz, pero no una felicidad momentánea, sino un sentimiento profundo de felicidad. ¡Cuánta felicidad tienen aquellos cuyos pecados fueron cubiertos! Esto mismo podemos sentir nosotros si dejamos nuestros pecados a los pies de Cristo. Paz y felicidad de saber que Dios tuvo misericordia, y no nos castigó como hubiéramos merecido.

Pero para esta felicidad necesitamos confesar y no huir o evadir nuestro pecado. David sabía esto y por eso escribió:

"Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado."
- Salmos 32:5

Este es nuestro desafío diario, declarar nuestro pecado, no esconderlo. Así y solo así hallaremos el perdón de Dios. Espero que esta breve reflexión te sirva tanto como me ha servido escribirla y vivirla.

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